El lenguaje no sexista, también conocido en ocasiones como 'lenguaje
inclusivo', no es más que un artificio creado por motivaciones políticas
cuyo uso provoca la obstrucción de la fluidez de la comunicación entre
emisor y receptor, mediante desdoblamientos innecesarios que estorban,
molestan y dificultan la comprensión e incomodan cualquier tipo de
interlocución.
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Así, por ejemplo, el desdoblamiento de género o duplicidad de género, esto
es, introducir los dos géneros, masculino y femenino, para una palabra,
renunciando al masculino genérico, entorpece el lenguaje, haciéndolo más
rocoso y alambicado.
La Administración Pública, al contrario, debe optar por un lenguaje
administrativo sencillo, ágil y de fácil lectura y comprensión. Decidirse
por el lenguaje no sexista o inclusivo supone avanzar en el sentido
contrario. Recurrir al lenguaje no sexista para las denominaciones de los
puestos de trabajo es un caballo de Troya que puede en el futuro
extenderse, como de hecho ya se hace, a otras áreas de la Administración
Pública. Hay que recuperar el masculino genérico para este tipo de casos,
expresión lingüística, por otra parte, defendida como la adecuada por la
Real Academia Española.
Por ello, la Administración, con el fin de hacerse entender, debe utilizar
solo el lenguaje normativo y académico; nunca artificios que solo
servirían para entorpecer la comunicación con el administrado.